lunes 2 de marzo de 2009

Contra el cuarto mandamiento


La madre de Saulo era una mujer de carácter. Había conseguido sacar adelante a su prolija familia sin dejarla salir más allá de sus faldas. A pesar de su avanzada edad, esa noche, en la sala de urgencias del hospital, volvía a demostrarlo. Cuando vio a su hijo traspasar el pasillo tendido en una camilla, fue hacia él y reaccionó como cabía esperar: “Pero, ¿estás tonto, Saulo, estás tonto?” El joven daba muestras de aturdimiento y de unas magulladuras que tardarían en desaparecer. “No sé qué me ha pasado, mama”, acertaba tan sólo a decir. Era extraño, sin duda, que un jinete tan hábil como él hubiera podido sufrir semejante percance. Pero se entregaba mucho a su trabajo, tal y como tantas veces había pensado su madre, y estas últimas semanas habían sido muy malas, de mucho trajín. A eso achacó la sabia madre lo que escuchó poco después de boca de su hijo: “Además, mama, estoy muy confuso. Ha debido de ser el golpe, pero ahora veo a los cristianos de otra forma”. “¡No digas tontadas, Saulo!”, le espetó su madre gritando. ¿Cómo iban a permitirse en casa dejar de percibir un sueldo como ése, tan seguro? “Pronto verás las cosas de otro modo”. “Que no, mama, que no. Que lo he visto muy claro, como un fogonazo”. Un médico interrumpe la discusión materno filial para darle el alta a Saulo. “Y otra vez”, le dice con cierta ternura el doctor, “conduce con más cuidado”.
Saulo se baja de la camilla con dificultad, ayudado torpemente por su madre. “Que esto va en serio, mama, que estoy convencido”. La madre coge la chatarrería protectora de su hijo y se la coloca con estrépito sobre sus hombros. “¡Que ni una palabra más!”, le grita escandalizando la sala de urgencias. “¡Que no vas a dejar un sueldo tan bueno por semejante tontería!”